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LA PROCESIÓN DE ÁNIMAS DE SAN AGUSTÍN

 

No hay limeño que, en su infancia, no haya oído hablar de la procesión de ánimas de San Agustín. Recuerdo que antes que tuviésemos alumbrado de gas, no había hija de Eva que se aventurase a pasar, dada la medianoche, por esa plazuela sin persignarse previamente, temerosa de un encuentro con las ciudadanas del purgatorio.

                Ni Calancha ni su continuador el padre torres hablan en la Crónica Agustina de esta procesión, y eso que refieren cosas todavía más estupendas. Sin embargo, en el Suelo de Arequipa convertido en cielo se relata del alcalde ordinario don Juan de Cárdenas algo muy parecido a lo que voy a contar.

                A falta, pues, de fuentes más auténtica, ahí va la tradición, tal cual me la contó una vieja muy entendida en historias de duendes y almas en pena.

 

I

 

                Alcalde del crimen por los años de 1697 era don Alfonso Arias de Segura, hijo de los reinos de España y hombre que se había conquistado en el ejercicio de su cargo la reputación de severo hasta rayar en la crueldad. Reo que caía bajo su férula no libraba sino con sentencia de horca, que, como ven ustedes, no era mal librar. Con él no había circunstancias atenuantes ni influencias de faldas o bragas. Y en esta su intransigencia y en el terror que llegó a inspirar fincaba el señor alcalde su vanidad.

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                Habitaba su señoría en la casa fronteriza a la iglesia de San Agustín, y hallábase una noche, a hora de las nueve, leyendo un proceso, cuando oyó voces que clamaban socorro. Cogió don Alfonso sombrero, capa y espada, y seguido de dos alguaciles echóse a la calle, donde encontró agonizante a un joven de aristocrática familia, muy conocido por lo pendenciero de su genio y por el escándalo de sus aventuras galantes.

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                Junto al moribundo estaba un pobre diablo que vestía hábito de lego agustino, con un puñal ensangrentado en la mano.

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                Era este un indiecillo de raquítica figura, capaz por lo feo de dar susto a una noche obscura, al que todo Lima conocía como el hermano Cominito. Era el lego generalmente querido por lo servicial y afectuoso de su carácter, así como su reputación de hombre moral y devoto. Él repartía al pueblo los panecillos de San Nicolás, y por esta causa gozaba de más popularidad que el gobierno.

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                Incapaz, por la mansedumbre de su espíritu, de matar una rata, regresaba al convento luego de cumplir una comisión del padre provincial, cuando acudió en auxilio del herido, y creyendo salvarlo le quitó el puñal del pecho, acto caritativo con el que apresuró su triste fin.

                Viéndolo así armado, nuestro alcalde le dijo:

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                -¡Ah, pícaro asesino! Date a la justicia.

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                La intimidación asustó de tal modo al hermano Cominito, que poniendo pies en polvorosa, se entró en la portería del convento. Le siguió el alcalde, echando terno y le dio alcance en el corredor del primer claustro.

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                Alborotáronse los frailes, que, encariñados por Cominito, sacaron a relucir un arsenal de argumentos y latines en defensa de su lego y de la inmunidad del asilo claustral; pero Arias de Segura no entendía de algórgoras y Cominito fue a dormir en la cárcel de corte, escoltado por una jauría de alguaciles, gente de buenos puños y de malas entrañas.

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                Al día siguiente principió a formarse causa. Las apariencias condenaban al preso. Se le había encontrado puñal en mano junto al difunto y emprendido la fuga, como hacen los delincuentes, al presentársele la justicia. Cominito negó, poniendo de testigos a Dios y a sus santos, toda participación en el crimen; pero en esos tiempos la justicia disponía de un recurso con cuya aplicación resultaba criminal de cuenta cualquier papamoscas. Después de un cuarto de rueda que le hizo crujir los huesos, se declaró Cominito convicto y confeso de un delito, que como sabemos, no soñó en cometer. La tortura es argumento al que pocos tienen coraje ara resistir.

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                Queda, pues, sobrentendido que el terrible alcalde, a quien bastaba con una sombra de delito para dar ocupación al verdugo, sentenció a Cominito a ser ahorcado por el pescuezo.

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                Llegó la mañana en la que vindicta pública debía ser satisfecha. Al pueblo se le hizo muy cuesta arriba creer en la criminalidad del lego, y se formaron corrillos en el Portal de Botoneros para arbitrar la manera de liberarlo. Los agustinos, por su parte, no se descuidaban, y a la vez que azuzaban al pueblo conseguían conquistar al verdugo, no sé si con indulgencias o con relucientes monedas.

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Ello es que al pie de la horca, y entregado ya al ejecutor, éste en un momento propicio le dijo al oído:

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                -Ahora es tiempo, hermano. Corre, corre, que no hay galgos que te pillen.

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                Cominito, que estaba intiligenciado de que el pueblo lo protegería en su fuga, emprendió la carrera en dirección a las gradas de la Catedral para alcanzar la puerta del perdón. El pueblo le abría paso y lo animaba con sus gritos.

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                Pero el infeliz había nacido predestinado para morir en la ene de palo. El alcalde Arias de Segura desembocaba a caballo por la esquina de la Pescadería a tiempo que el fugitivo llevaba vencida la mitad del camino. Don Alfonso aplicó espuelas al animal, y atropellando al pueblo lanzóse sobre Cominito y le echó la zarpa encima.

El verdugo murmuró:

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-Por mí no ha quedado: ese alcalde es un demonio.

                Y cumplió su ministerio, y Cominito pasó a la tierra de los calvos.

                Y que verdad tan grandela que dijo el poeta que zurció estos versos:

 

La vida es comparable a una ensalada, en que todo se encuentra sin medida; que unas veces resulta desabrida y otras, hasta el fastidio, avinagrada.

 

II

 

La víspera de estos sucesos, un criado del conde de *** se presentó en casa del alcalde Arias de Segura y puso en sus manos una carta de su amo. Don Alfonso, a quien asediaban los empeños en favor de Cominito, la guardó sin abrirla en un cajón del escritorio, murmurando:

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                -Esos agustinos no dejan eje por mover para que prevarique y se tuerza la justicia. ¡Mucha gente es de la frailería!

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                Despachado ya el lego para el viaje eterno, entró en su casa el alcalde después de las diez de la noche, y acordándose de la carta despegó la oblea. El firmante escribía desde su hacienda, a quince leguas de Lima:

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<<Señor licenciado: Cargo de conciencia se me hace no estorbar que tan sesuda y noble persona como vuesa merced se extravíe por celo y amor a la justicia. El devoto agustino, que en carcelería mantiene, está inocente de culpa. Agravios en mi hnora me autorizaron para hacer matar a un miserable. Otra conducta hubiera sido dar publicidad al deshonor, y no lavar la mancha. Vuesa merced tome acuerdo en su hidalguía y sobresea en la causa, dejando en paz al muerto y a los vivos. Nuestro Señor conserve y aumente en su santo servicio la magnífica persona de vusa merced. A los que vuesa merced mandare.-El conde de ***>>

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                Conforme avanzaba en la lectura de esta carta, el remordimiento se iba apoderando del espíritu de don Alfonso. Había condenado a un inocente, y por no haber leído en el momento preciso la fatal carta tenía un crimen en su conciencia. Su orgullo de juez lo había cegado.

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                La cabeza del alcalde era un volcán. Se ahogaba en la tibia atmósfera del dormitorio, y necesitaba aire que refrescase su cerebro. Abrió una celosía del balcón y recostóse en él de codos, con la frente entre las manos.

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                Sonó la medianoche, y don Alfonso dirigió una mirada hacia la iglesia fronteriza. Lo que vio heló la sangre en sus venas, quedóse como figura de paramento. El templo estaba abierto y de él salía una larga procesión de frailes con cirios encendidos. Don Alfonso quiso huir, pero una fuerza misteriosa lo mantuvo como clavado en el sitio.

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                Entretanto, la procsión adelantaba por la plazuela, salmodando el fúnebre miserere, y se detenía bajo el balcón. Entonces Arias de Segura pudo, al resplandor fatídico de las luces, contemplar, en vez de rostros, descarnadas calaveras, y que los cirios eran canillas de difuntos. Y de pronto cesaron las voces, y uno de aquellos extraños seres, dirigiéndose al alcalde, le dijo:

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                -¡Ay de ti, mal juez! Por tu soberbia has sido injusto, y por tu soberbia has sido feroz con nuestro hermano que gime en el purgatorio, porque tú lo hiciste dudar de Dios. ¡Ay de ti, mal juez!

​

                Y tres campanadas de la gran campana de la torre resonaron siniestramente, poniendo término a la procesión de ánimas. La campana era generalmente llamada en Lima la Mónica, nombre de la madre de San Agustín.

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                Y continuó su camino la procesión alrededor de la plazuela, hasta perderse e las naves del templo.

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​

III

 

¿Sería esto una alucinación del cerebro de don Alfonso? Lo juicioso es dejar sin respuesta la pregunta y que cada cual crea lo que su espíritu le dicte.

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                Por la mañana un criado encontró a don Alfonso privado de sentido en el frio piso del balcón. Al volver en sí refirió a los deudos y amigos que lo cuidaban la escena de la procesión, y el relato se hizo público en la ciudad.

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                Pocos días más tarde don Alfonso Arias de Segura hizo dimisión de la vara y tomó el hábito de novicio en la Compañía de Jesús, donde es fama que murió devotamente.

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                Hubo más. Dos viejas declararon, con juramento, que desde la calle de San Sebastián habían visto las luces de los cirios y ante tan autorizado testimonio no quedó en Lima prójimo que no creyera a puño cerrado en la procesión de ánimas de san Agustín.

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                Y a propósito de procesión de ánimas, es tradicional entre los vecinos del barrio de San Francisco que los lunes salía también una de la capilla de la Soledad, y que habiéndose asomado a verla cierta vieja grandísima pecadora, sucedióla que al pasar por su puerta cada fraile encapuchado apagaba el cirio que en la mano traía, diciéndola:

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                -Hermana, guárdeme esta velita hasta mañana.

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                La curiosa se encontró así depositaria de casi un centenar de cirios, proponiéndose en sus adentros venderlos al día siguiente, sacar subido producto, pues artículo caro era la cera, y mudar de casa antes que los aparecidos vinieran a fastidiarla con reclamaciones. Mas al levantarse por la mañana encontróse con que cada cirio se había convertido en una canilla y que la vivienda era un camposanto u osario. Arrepentida la vieja de sus culpas, consultóse con un sacerdote que gozaba fama de santidad, y éste le aconsejó que escondiese bajo el manto un niño recién nacido, y que lo pellizcase hasta obligarlo a llorar cuando se presentara la procesión. Hízolo así la ya penitente vieja, y gracias al ardid no se la llevaron las ánimas benditas por no cargar también con el mamón, volviendo las canillas a convertirse en cirios que iba devolviendo a sus dueños.

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                Francamente, no puede ser más prosaico  este siglo diecinueve en que vivimos. Ya no asoma el diablo por el cerrito de las Ramas, ya los duendes no tiran piedras ni toman casas por asalto, ya no hay milagros ni apariciones de santos, y ni las ánimas del purgatorio se acuerdan de favorecernos siquiera con una procesioncita vergonzante. Lo dicho; con tanta prosa y con el descreimiento que nos han traído los masones, está Lima como para correr de ella.

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